Después de entender la sentadilla y empezar a cargar peso con sentido, la pregunta deja de ser “cómo hacer sentadilla” y pasa a ser otra muy distinta:
¿cómo convivir con ella dentro de una rutina real?
Porque entrenar no ocurre en condiciones ideales. Hay semanas buenas, semanas normales y semanas en las que el cuerpo no responde como esperabas. Y la sentadilla, más que ningún otro ejercicio, refleja todo eso con mucha claridad.
Aquí ya no estamos hablando de técnica, sino de criterio.
La frecuencia no es un número
Durante mucho tiempo intenté encajar la sentadilla en esquemas fijos: tantas veces por semana, tantos días exactos. Con el tiempo entendí que eso no era lo importante.
La frecuencia no es cuántas veces haces sentadilla, sino cómo responde tu cuerpo a repetirla. Hay momentos en los que dos sesiones semanales se sienten perfectas. Otros en los que una es más que suficiente. Y también etapas en las que conviene reducirla sin ningún dramatismo.
La sentadilla exige bastante al sistema. No solo a nivel muscular, también a nivel mental y coordinativo. Escuchar eso no es ser blando, es ser preciso.
Descansar también es entrenar
Descansar no significa dejar de entrenar. Significa dejar de empujar.
Hay fases en las que la sentadilla no necesita ser el centro del entrenamiento. Se mantiene con menos volumen, con menos carga o incluso solo como gesto. Esas fases no son retrocesos, son ajustes.
Cuando entendí que no tenía que estar siempre “mejorando” la sentadilla, empecé a disfrutarla más. Y curiosamente, fue entonces cuando empezó a avanzar de verdad.
Empujar y aflojar: dos decisiones válidas
Empujar tiene sentido cuando el cuerpo está disponible. Aflojar tiene sentido cuando empieza a pedir espacio. El problema aparece cuando empujas por inercia o aflojas por miedo.
Con el tiempo aprendí a distinguir ambas cosas. No por reglas externas, sino por sensaciones muy claras: cómo se siente la barra, cómo sale del fondo, cómo termina una serie. La sentadilla no suele engañar. Si algo no va bien, lo muestra rápido.
Aprender a leer eso es más importante que cualquier progresión escrita.
La sentadilla como referencia
Hoy no utilizo la sentadilla como prueba de fuerza constante, sino como termómetro. Cuando se siente estable, casi todo lo demás suele ir bien. Cuando se vuelve pesada o desordenada, normalmente no es un problema del ejercicio, sino del contexto: descanso, estrés, acumulación.
En lugar de forzarla, la uso como señal. Ajusto alrededor de ella, no contra ella.
Cerrar esta serie
Con este texto se cierra esta serie sobre la sentadilla. No porque el movimiento esté agotado, sino porque ya no necesita más explicación.
A partir de aquí, la sentadilla deja de ser algo que se piensa y pasa a ser algo que se practica: algunas semanas con más intención, otras con más calma, pero siempre integrada dentro del entrenamiento y no por encima de él.
Todo lo anterior no pretendía enseñar a hacer una sentadilla perfecta, sino ofrecer un marco para sostenerla en el tiempo sin convertirla en una carga mental. Cuando eso ocurre, el ejercicio deja de exigir atención constante y empieza a cumplir su función real.
La sentadilla no se domina.
Se practica.
Y cuando se practica con atención, deja de ocupar espacio y empieza a aportar.
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