Ok, te cuento por dónde comenzó todo y cómo descubrí la meditación.
Luego de años batallando contra la “ansiedad”, el mal dormir y la sensación permanente de que mi sistema nervioso estaba quemado, llegué a un punto en el que no podía más.
Mi psicóloga y mi psiquiatra insistían:
“Tienes que meditar.”
Y yo, sinceramente, no entendía ni me interesaba.
Yo solo quería una pastilla que me regulase y ya está.
Pero mi psicóloga fue muy clara:
“Es un requisito. Sin meditación no vamos a avanzar.”
Así que, desde el escepticismo total, decidí hacer un experimento: practicar meditación durante unos meses, registrarlo todo y demostrarles que no funcionaba, que lo mío era pura química y que necesitaba medicación.
Spoiler: no salió como esperaba.
Cómo acabé leyendo a Jon Kabat-Zinn
Mi psicólogo me recomendó a Jon Kabat-Zinn, el padre del mindfulness.
Compré su libro “Mindfulness: guía práctica para encontrar la paz en un mundo frenético”.
Y ahí todo cambió.
¿Por qué?
Porque descubrí que la meditación no es lo que yo pensaba.
Y probablemente tampoco es lo que tú crees.
La meditación no es espiritual: es un entrenamiento
Lo primero que entendí fue esto:
La meditación es una práctica.
Un entrenamiento.
Literalmente entrenas la atención.
Y ya está.
No tiene por qué ser espiritual ni mística ni relacionada con seres del más allá.
Es como ir al gimnasio, pero con la mente.
Y esa idea me voló la cabeza.
Yo creía que meditar era “poner la mente en blanco” o “sentir paz inmediata”.
No.
Es entrenar.
Repetir.
Regresar una y otra vez.
El 7 de junio de 2024 hice mi primera sesión.
Fue raro.
Incómodo.
Duro.
Pero algo se movió.
Salir del piloto automático
Para meditar hay que entender algo esencial:
El cerebro es una máquina que produce pensamientos.
Todo el día. Sin descanso.
Meditando es como si salieras de la película en primera persona y empezaras a observar desde fuera.
De repente pude ver mis pensamientos:
los recurrentes, los negativos, los automáticos.
No fue fácil.
Pero el truco es este:
Te das cuenta de que te fuiste…
y vuelves.
Ese volver es el entrenamiento.
El progreso invisible
Al principio no noté cambios radicales en mi día a día, pero sí algo importante: curiosidad.
Me dije:
“Si he entrenado mis piernas para sentadillas pesadas, ¿por qué no entrenar mi atención?”
Además, descubrí que los beneficios de la meditación son acumulativos, igual que en el deporte.
Seguí.
A veces con ganas.
A veces solo por disciplina.
El giro inesperado: la Meditación Trascendental
Nunca me interesó la meditación desde lo espiritual.
Por eso me sorprendió tanto descubrir algo que me cambiaría la vida por completo:
La Meditación Trascendental (MT).
El 3 de octubre de 2024 comencé el curso de Meditación Trascendental.
Durante cuatro días, un instructor te enseña las técnicas originales de Maharishi y te da un mantra personal.
Es secreto, no se pronuncia en voz alta y es solo tuyo.
La práctica es simple:
20 minutos por la mañana.
20 minutos por la tarde.
Repetir el mantra.
Y dejar que ocurra lo que tenga que ocurrir.
No puedo explicarlo del todo.
Solo puedo decir que me ha cambiado la vida.
Un punto importante: no significa que todos los días sean buenos
Y quiero dejar esto muy claro:
que medite no significa que ya no tengo días malos.
Los sigo teniendo.
Días de ansiedad, días de ruido mental, días en los que no quiero sentarme a meditar.
Porque la meditación no es una cura instantánea.
Es una práctica.
Un entrenamiento.
Y lo difícil no es empezar: lo difícil es mantenerse.
Volver incluso cuando no apetece,
volver aunque la sesión salga regular,
volver sabiendo que el beneficio está en presentarte, no en hacerlo perfecto.
La meditación no te convierte en alguien sin problemas; te convierte en alguien con más herramientas para atravesarlos.
Y hoy…
Hoy la meditación es parte estable de mi vida.
No soy un monje ni vivo en calma perpetua.
Pero tengo algo que antes no tenía:
Un sistema nervioso que aprendió a descansar.
Una mente que aprendió a soltar.
Un cuerpo que por fin entendió que está a salvo.
Y eso, sinceramente, me ha cambiado todo.