Tengo mi primer cliente. No porque quiera ser entrenador personal. Me lo pidieron. Y acepté con una idea muy clara: no iba a entrenarlo como quien dirige, sino acompañarlo como quien ordena el mapa.

Este blog siempre ha sido eso para mí. Ordenar mapas.

Hoy pasó algo pequeño, pero revelador. Abrimos una hoja de Excel y le enseñé su progresión en el press de hombros. Semana 1: mancuernas de 5 kilos. Semana 3: mancuernas de 10 kilos. Lo miraba como si fuese algo importante. Y lo era.

No hubo burpees.
No hubo circuitos para quedarse sin aliento.
No hubo esa sensación de “me han matado, luego ha sido efectivo”.

Hubo algo mucho más simple: entender.

Hasta ahora él entrenaba sin saber qué estaba haciendo. Repetía lo que veía con algún entrenador personal que contrataba. Salía cansado. Pero no sabía si avanzaba. No sabía si el esfuerzo tenía dirección.

Ver esos números alineados fue distinto. No era espectacular. No era viral. Era lógico. Era progresivo. Era comprensible.

Y creo que ahí está el punto.

Entrenar no debería ser un acto de fe. No debería ser una experiencia mística reservada para quienes “saben”. Todos deberíamos empezar con alguien que nos enseñe la estructura básica. Que nos diga por qué subimos peso. Por qué repetimos. Por qué no hace falta inventar nada cada semana.

No hace falta complicarlo para que funcione.

Hace falta entenderlo.

Quizá lo que estoy construyendo aquí no es un blog de entrenamiento. Es un enfoque. Una forma de mirar el progreso sin espectáculo. Sin humo. Sin la necesidad de impresionar a nadie.

Solo lógica aplicada con paciencia.

Si algo me dejó este primer cliente no fue la sensación de estar enseñando. Fue la confirmación de que cuando el conocimiento se vuelve claro, deja de ser intimidante.

Y quizá eso es lo que falta.

Democratizar el conocimiento.
Quitarle el aura de secreto.
Recordar que el cuerpo aprende cuando la mente entiende.


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